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Abstract:
El trabajo como un fin consistente en la realización de valores y no meramente como un medio para alcanzar bienes materiales.
Notes:
Author note: Abogado, Profesor de ‘Lógica Jurídica’ y ‘Teoría General del Derecho’ de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Cajamarca.

From bahaidream.com.

Written in Spanish.

Filosofía del Trabajo

by Pedro Donaires Sanchez

published in La Pluma del Conocimiento, 1
Comunidad Bahá'í del Perú, 2001

Recientemente, mis alumnos del SECIGRA. Derecho (Servicio Civil de Graduandos), me pidieron que les hable algo sobre la actitud que deben adoptar en el cumplimiento de este servicio que acaban de iniciar. No encontré mejor idea que la de reflexionar junto con ellos, sobre la razón de ser del trabajo.

¿Qué es el trabajo? Inmediatamente vino a mi memoria un concepto que me enseñaron en la secundaria, creo que en el curso de Economía Política. De ese concepto, la idea que más me llamó la atención fue la parte que decía algo así, como que el trabajo es doloroso o penoso. Por mucho tiempo le di vueltas, en mi mente, a esta concepción, y al asociarla con el relato bíblico, en Génesis, sobre el castigo que Dios impuso al hombre para ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente, en algún momento, estuve convencido que el trabajo era una carga frente a la cual tendríamos que idear formas de evasión. Si esto es así, estaría “justificada” la conducta de muchos, en el sentido de rehuir al trabajo.

A la fecha, he cambiado de parecer. Considero que el trabajo es cualidad inherente al hombre pues le permite mantener su vitalidad, proporcionándole satisfacciones o realizaciones materiales y espirituales. Dado que le es altamente provechoso, debe realizarlo en las mejores condiciones posibles y con espíritu de alegría.

Veamos qué sucede en nuestro entorno: Nos rodea un universo de potencia y movimiento. En todas las cosas hay energía, actividad violenta que produce fuerza y poder. Hasta los objetos más inertes como una piedra, tiene energía en su interior; si por un momento cesara el movimiento que hay en sus átomos, la piedra se pulverizaría y desaparecería.

¡Y qué decir sobre lo que pasa en el mundo vegetal y animal donde todo es vida, crecimiento, multiplicación y evolución!. A los seres vivos, por excelencia, les corresponde estar activos. Sin embargo, ningún ser desarrolla actividad como lo hace el hombre. Aparte del movimiento natural que hay en él, realiza una actividad que va más allá de ello: realiza el trabajo. Una extensión de sus potencialidades físicas y, sobre todo, de sus potencialidades mentales y espirituales.

Es una característica del hombre el estar siempre, “haciendo algo”. En este hacer y producir está la fuente de su salud y felicidad. El trabajo es por lo tanto fundamental para la vida. Por ello, algunos filósofos sostuvieron que el hombre dejó de ser un simio o un simple animal, gracias al trabajo.

Sin embargo, nuestra concepción sobre el trabajo, que es un deber y un privilegio, puede estar equivocada. ¿Cómo así? Como cuando consideramos que el trabajo es una carga, un mal necesario. O, cuando consideramos que es apenas un medio para alcanzar un fin: dinero, comodidad, prestigio, etc. ¿Será el trabajo un medio? Si el trabajo es apenas un medio para alcanzar los fines indicados y sus similares, y que éstos son la meta final, entonces habrán otras formas de alcanzar estos mismos fines sin necesidad de trabajar... pero, pensar así, significaría evadir una actividad, que nos da salud y satisfacciones espirituales, y que sería una contradicción a la esencia misma de nuestra existencia.

¿Qué les parece si desarrollamos el trabajo, por el propio trabajo? Descartamos la idea de que éste es un medio y que más bien es un fin. Un fin en sí mismo que confirma nuestra vocación de movimiento y actividad, que nos otorga realización física, mental y espiritual; y que por añadidura o como consecuencia, también nos otorga dinero, comodidades, prestigio, etc. Elementos que en algún momento fueron fines y que ahora han dejado de serlo y que aún así los adquirimos sin necesidad de ser nuestra meta.

Pensando así, el trabajo deja de ser una carga y un mal necesario para convertirse en una de las razones de nuestra existencia. Esto nos permitirá buscar la perfección y la excelencia en lo que hagamos. No importa cuán modesta sea nuestra ocupación.

El trabajo como fin; más exactamente, el trabajo con calidad de perfección, tiene dos grandes enemigos: el debilitamiento del poder de concentración y la ausencia de la radiación.

Sobre el primero: hemos adquirido el mal hábito de realizar nuestra actividad laboral (como estudiantes, como trabajadores normales: empleados o funcionarios) con un porcentaje mínimo de nuestra capacidad de concentración. Estamos haciendo algo ahora, sólo con una parte de nosotros presente; la otra parte está en cualquier lugar, menos aquí. Andamos muy preocupados ya por el pasado o por el futuro. Insatisfechos con la ocupación o con el puesto que tenemos actualmente, anhelamos posiciones superiores a las nuestras. No estamos conformes con los bienes que poseemos en este momento, quisiéramos más. Tan preocupados estamos por lo que no tenemos y quisiéramos tener, que descuidamos el presente. No estamos concentrados, con todas nuestras capacidades, en la actividad que estamos desarrollando aquí y ahora. En una situación así, el producto de nuestro trabajo o el servicio que brindamos es mediocre: carente de calidad y excelencia.

Al respecto, creo oportuno reproducir un pensamiento hinduista citado por Rúhíyyih Rabbani en su libro “Prescripción para vivir”:

“Ayer no es más que un sueño

y mañana es tan sólo una visión,

pero el hoy bien vivido

de cada ayer hace un sueño feliz

y de cada mañana una visión de esperanza.

Prestad atención, pues, a este día.”

El otro enemigo del trabajo excelente, es la ausencia de la radiación o la carencia de la capacidad de irradiar. Debemos dar lo mejor de nosotros a los demás. Este debe ser nuestro regalo al mundo. Muchos han desarrollado la filosofía de la esponja: sólo recibir y no dar. La gente está ocupada en auto complacerse. Desarrollemos más bien la filosofía del riachuelo o manantial: nos alimentamos de una fuente invisible y brindamos agua fluyente y cristalina. Estamos conscientes que si retenemos nuestras aguas, éstas, al estancarse, se harán putrefactas y despedirán un mal olor.

No simplemente laboremos, más bien sirvamos.

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