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Abstract:
Traducido de "Flame of Fire: The Tablet of Ahmad."
Notes:
Artículo escrito por la Mano de la Causa de Dios Abu'l-Qasim Faizi y publicado en Conqueror of Hearts (New Delhi: Baha'i Publishing Trust of India, 1967/1973), online at faizi_flame_fire.
Written in Spanish.

Una llama de fuego

by Abu'l-Qasim Faizi

translated by Hasan Elias.
2013
original written in English.
first written or published 1967

Existen [al menos] dos Tablas que llevan el nombre de Ahmad: una escrita en persa y la otra en árabe. La segunda es la más utilizada en todo el mundo bahá’í, la cual fue calificada por el Guardián de haber sido investida de una potencia especial.

La Tabla en persa es bastante larga y fue escrita a Ahmad de Kashan. El primero en abrazar la Fe Bahá’í en la ciudad de Kashan fue Haji Mirza Jani, en cuya casa se hospedó el Báb por algunos días, fue martirizado en Teherán. Tuvo tres hermanos, el primero nunca fue conmovido por la Fe, no importó cuánto se esforzó su hermano por enseñarle. Vivió y murió como musulmán. El segundo se llamaba Ismael, intitulado por Bahá’u’lláh como Dhabih (sacrificio) y Anis (compañero); el tercero, que fue a Bagdad, se llamaba Ahmad. Logró alcanzar la presencia de la Antigua Belleza y tuvo el honor de estar entre aquellos que fueron escogidos por Él como acompañantes en Su exilio a Estambul. Pero desafortunadamente en las tormentas de las pruebas y dificultades, este Ahmad se perdió del camino y se puso del lado de Azal. Posteriormente causó mucho sufrimiento a la Bendita Belleza, Su familia y amigos. Con el fin de advertirle de tales hechos viles y sus consecuencias perjudiciales para la naciente Fe, Bahá’u’lláh le envió esta extensa Tabla en persa llena de exhortaciones, elucidaciones de poder divino y consejos sobre cómo debería actuar y comportarse un verdadero buscador. Ahmad permaneció indiferente, impasible e inmutable, pero cuando se enteró de que ya no podía vivir más en Turquía, regresó a Iraq, donde se encontró con sus antiguos asociados y reanudó su vida inicua con ellos. Uno de sus peores hábitos era insultar a la gente y maldecirlos en el lenguaje más amargo y vil. En una de las disputas con sus malvados amigos, los atacó con su lengua afilada, entonces para deshacerse de él, las víctimas lo asesinaron una noche.

Extractos de esta Tabla en persa se encuentran en Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh.


Ahmad comienza su búsqueda

En cuanto a Ahmad, en cuyo honor la célebre Tabla fue revelada, nació en Yazd (ca. 1805) de una familia muy noble y rica. Su padre y tíos eran los jefes de la ciudad, pero Ahmad, incluso a la edad de catorce años, mostró una gran inclinación hacia el misticismo y se esforzó por encontrar nuevos caminos hacia la verdad. Cuando tenía quince años ya había comenzado sus investigaciones durante las cuales escuchó de algunas personas que eran santos u hombres virtuosos que sabían oraciones especiales, las cuales si eran leídas y repetidas tantas veces y de acuerdo con ciertos rituales, permitirían definitivamente al lector contemplar el rostro del Qá’im Prometido (el Mesías). Esto encendió el fuego de su creciente anhelo. Comenzó a practicar una vida ascética con oraciones largas, días sucesivos de ayuno, aislándose a sí mismo de la gente y del mundo. Sus padres y familiares nunca aprobaron dichas prácticas ni permitieron que siguiera este aislamiento que era contrario a sus formas de vida y ambiciones. Tal oposición no podía ser tolerada por un hombre como Ahmad quien de todo corazón buscaba y luchaba por alcanzar el deseo de su corazón - la reunión con su eterno Amado. Por lo tanto, un día temprano en la mañana hizo un atado de sus ropas y pertenencias y con el pretexto de ir a un baño público partió de la casa de su padre y emprendió su camino en busca de la Manifestación de Dios.

En traje de mendigo vagó de pueblo en pueblo, y dondequiera se encontrara con un “pir” - líder espiritual - con gran devoción y rectitud de conducta se sentaba a sus pies con la esperanza de encontrar un camino hacia los misteriosos mundos de la verdad. Siempre rogaba a tales personas por la oración especial, la lectura de la cual le acercaría a la Corte de su Amado. Cada vez que alguien le sugería alguna práctica era tan ardiente en su búsqueda que invariablemente llevaba a cabo las instrucciones con sinceridad absoluta, no importa cuánto tiempo consumía o lo arduo que eran dichas prácticas. Pero todo esto no sirvió de nada.

Perdida la fe y esperanza en tales prácticas se encaminó hacia la India, una tierra bien conocida por sus maestros místicos y ermitaños con poderes especiales y dones espirituales. Llegó a Bombay y fijó su residencia allí, todavía buscando a alguien que pueda darle una idea de la gloriosa corte del Prometido.

Se enteró de que si uno realizaba una ablución específica, vestía ropa blanca impecablemente limpia, se postraba y repetía el siguiente verso del Corán: “No hay otro Dios más que Dios” doce mil veces, definitivamente alcanzaría su objetivo y el deseo de su corazón. No solo una vez, sino varias veces, Ahmad se postró durante horas para repetir el versículo antes mencionado 12 000 veces, pero aún así se encontraba en la oscuridad.

En su consternación regresó a Persia, pero no fue a su ciudad natal de Yazd. Fijó su residencia [con su familia] en la ciudad de Kashan y comenzó su oficio propio de elaboración de telas en el que era un experto. En poco tiempo se convirtió en un hombre de negocios muy exitoso, pero aún en lo más profundo de su corazón buscaba sin descanso.


Un extraño señala el camino

“Llamad, y se os abrirá”. “Pedid, y se os dará”. Ningún verdadero buscador regresó jamás de Su puerta de misericordia impedido o sin respuesta.

Fue aquí en Kashan que los rumores sobre alguien que afirmaba ser el Qá’im Prometido llegaron a sus oídos. Incesante en sus esfuerzos y sincero en su búsqueda, preguntó a muchas personas de diversa manera. Nadie le dio una pista.

Entonces un día un viajero desconocido llegó a esta ciudad y se quedó en la misma posada donde Ahmad había establecido su exitoso negocio. Cierto impulso interior atrajo a Ahmad hacia este hombre desconocido. En su conversación, le preguntó al viajero sobre el rumor ya propagado. “¿Por qué me hace esta pregunta?” - preguntó. “Quiero saber si es cierto. De ser así, voy a seguirlo con todas mis fuerzas”, fue la respuesta de Ahmad.

Un viajero con una sonrisa de triunfo en el rostro le dio instrucciones de ir a Khurasan y encontrar a cierto sabio llamado Mulá ‘Abdu’l Khaliq quien le diría toda la verdad.

Al día siguiente, Ahmad partió a la provincia de Khurasan, los dueños de los negocios vecinos se sorprendieron mucho cuando no encontraron a Ahmad en su trabajo como de costumbre. “¿Qué ocurrió entre él y el viajero desconocido?” se preguntaban unos a otros, y nadie sabía la respuesta correcta.

Ahmad cruzó desiertos y montañas a pie, y su corazón se llenó de alegría y anhelo. Con cada paso que daba se encontraba más cerca del momento en que todos sus esfuerzos darían los frutos deseados - la reunión con su Amado en la búsqueda de Quien no escatimó esfuerzos y ningún sacrificio le pareció demasiado grande.

Llegó a Mashhad, Khurasan, exhausto y tan enfermo que tuvo que guardar cama. Después de dos meses de lucha para superar su debilidad, reunió sus últimas pizcas de fuerza y coraje y se dirigió directamente a la puerta de la casa buscada. He aquí sus propias palabras relatadas a sus amigos y compañeros de aquellos días: “Cuando llegué a la casa, llamé a la puerta y el criado de la casa salió y sosteniendo la puerta entreabierta, me preguntó: ‘¿Qué quiere usted?’ ‘Tengo que ver a su Señor’, contesté. El hombre volvió a entrar a la casa y luego el propio Mulá salió. Me admitió en su casa y cuando estábamos cara a cara le expliqué todo lo que me había sucedido, cuando terminé, me sostuvo inmediatamente del brazo y dijo: ‘¡No digas esas cosas aquí!’, y me echó de su casa. No había final para mis pesares, con el corazón roto y absolutamente pasmado me dije a mí mismo: ‘¿Acaso todos mis esfuerzos son en vano? ¿A quién me dirijo? ¿A quién debo acercarme? ... Pero nunca voy a dejar tranquilo a este hombre. Voy a persistir hasta el momento en que me abra su corazón y guíe por el camino correcto de Dios. ‘Corresponde a la persona que busca, vaciar la copa amarga de las dificultades’. A la mañana siguiente estaba en la puerta de la misma casa. Toqué más fuerte que el día anterior. En esta ocasión el Mulá mismo se acercó a la puerta y en el instante en que la abrió, dije: ‘no me marcharé, no lo dejaré hasta que me digas toda la verdad’. Esta vez él me encontró serio y honesto. Llegó a asegurarse de que no había estado en su puerta para espiar o causar problemas a él y a sus amigos”.

Entonces Ahmad recibió instrucciones para asistir a las oraciones de la tarde en cierta mezquita en donde el mismo Mulá dirigía las oraciones en congregación seguidas de un largo sermón. Se le dijo también que siga al Mulá luego del sermón. La siguiente noche Ahmad hizo todo lo posible para encontrar al Mulá después de la oración y el sermón, pero una multitud de personas lo rodearon y Ahmad no tuvo la mínima oportunidad de acercársele. Al día siguiente, cuando los dos se reunieron nuevamente Ahmad recibió instrucciones de ir a otra mezquita en la noche y una tercera persona estaría allí para mostrarle el camino. De acuerdo con Ahmad estaba en la mezquita al atardecer y, según lo prometido, después de las oraciones vespertinas, cierta persona se le acercó y le hizo señas para que lo siga. Sin vacilación ni temor Ahmad lo siguió. Ahora los tres hombres empezaron a caminar como sombras en la oscuridad de la noche, a través de calles estrechas y oscuras. Ahmad, un completo desconocido, nunca dudó, vaciló ni huyó. Siguió todos los pasos con gran determinación y estaba listo para cualquier resultado.

Por fin llegaron a cierta casa. Tocaron la puerta muy suavemente y ésta se abrió de inmediato. Los recién llegados entraron rápidamente. Pasaron a través de un pasillo cubierto, llegaron a un pequeño patio, subieron unos pasos y estaban a la puerta de una habitación en la que un personaje muy digno estaba sentado. El Mulá se acercó a ese venerado personaje con gran humildad y absoluta reverencia y cortésmente le susurró: “Este es el hombre del que te hablé”, y señaló a Ahmad, quien se había quedado de pie en el umbral con absoluto respeto y gran expectativa. “Bienvenido. Por favor entre y tome asiento”, dijo el hombre. Ahmad luego entró en la habitación y se sentó en el suelo.

El anfitrión era nada menos que Mulá Sadiq (veraz), uno de los primeros creyentes durante el ministerio del Báb y muy distinguido por su erudición, audacia y firmeza. Durante el ministerio de Bahá’u’lláh el mismo Mulá Sadiq mostró tanto ardor y celo que fue intitulado ‘Asdaq (el más veraz) por Bahá’u’lláh.


Un Tesoro es hallado

Ahmad, quien durante veinticinco años había andado en los valles de búsqueda y en ninguna parte había encontrado ni una gota para saciar su sed; ahora había encontrado un camino hacia la fuente misma. Con los labios resecos y un anhelo insaciable bebió en la corriente de dulce aroma de los versículos de Dios a través de la nueva Manifestación. Tres sesiones fueron suficientes y abrazó la fe con todo su corazón y alma. Tan jubiloso, exaltado y demasiado entusiasta se veía que ‘Asdaq le exhortó a regresar con su familia en Kashan e insistió en que no debía hablar de la fe a la gente, ni siquiera a su propia esposa.

Aquellos días fueron días de extremo peligro para la naciente Causa de Dios. Los pocos seguidores reclutados de las personas pobres del mundo son siempre el blanco de muchas atrocidades. Hasta el aire estaba impregnado de sospecha, espionaje y calumnia. Por eso los amigos tenían que ser muy cuidadosos, por temor a que el mínimo acto imprudente o incluso una palabra necia pudieran iniciar una conflagración sin fin que consumiera a los creyentes en su llama.

‘Asdaq, conociendo todo lo que había sufrido Ahmad, sabía que no tenía dinero para volver a casa, por lo que le dio un pequeño obsequio para su familia y la suma de tres tumanes ($ 1) y nuevamente le aconsejó que sea muy prudente.

Comentando sobre su retorno a Kashan, Ahmad dijo: “Cuando llegué a Kashan, todos preguntaban qué era lo que había pasado para haber dejado todo tan abruptamente. Les dije: ‘Mi anhelo de peregrinación era demasiado grande para resistirse, y no me equivoqué’. ¿Qué otra cosa podía alejarme de mi trabajo, de mi casa y de mi familia, salvo aquel anhelo más profundo? En el instante en que oí estas palabras del viajero no quedó más paciencia en mí”.

En Kashan volvió a su trabajo, pero anhelaba enseñar la fe. Oyó rumores de que cierto hombre con el nombre de Haji Mirza Jani había cambiado su fe y se había convertido en el seguidor de una nueva religión oscura. Lo buscó y cuando se encontraron el uno al otro, no había término para su alegría y emoción. Se volvieron fieles amigos, compañeros constantes y los primeros y únicos bábís de esa ciudad.

Un día, Haji Mirza Jani fue a Ahmad y con gran entusiasmo y emoción incontrolable le preguntó: “¿Te gustaría ver el rostro de tu Señor?” El corazón de Ahmad dio un salto. Con mucha alegría y éxtasis se levantó inmediatamente de su asiento y le preguntó: “¿Cómo y cuándo?” Haji le explicó cómo se había arreglado con los guardias para tener al Báb como invitado en su casa por dos o tres noches. Luego, a la hora señalada Ahmad fue a casa de Haji. Cuando entró, sus ojos se posaron en el rostro de la belleza que sobrepasaba el cielo y la tierra. Un joven Siyyid estaba sentado con tal mansedumbre, grandeza y majestad que uno no podía dejar de contemplar la luz de Dios en su rostro. Algunos de los sacerdotes y dignatarios de la ciudad estaban sentados en el suelo por todas partes y los criados de pie en la puerta.

Uno de los mulás se enfrentó al Báb y le dijo: “Hemos oído que cierto joven en Shiraz ha afirmado ser el Báb. ¿Es verdad?” “Sí”, respondió el Báb. “¿Y qué revela versículos, también?” - preguntó el mismo hombre. El Báb respondió: “Y revelamos versos, también”.

Ahmad dijo además: “Esta respuesta clara, valiente y concluyente fue suficiente para todo aquel que tuviera oídos para oír y ojos para ver y descubrir toda la verdad inmediatamente. Su bello rostro y sus palabras de gran alcance y presencia bastaron a todas las cosas. Pero cuando sirvieron el té y una taza le fue ofrecida al Báb, Él inmediatamente la recibió, mandó llamar al siervo del mismo Mulá y muy amablemente se la dio a él. Al día siguiente, el mismo humilde siervo vino a mí y con gran dolor deploró la estupidez de su amo. Una pequeña explicación en cuanto a la estación del Báb le trajo a nuestro aprisco y nuestro número creció hasta tres.

Este pequeño núcleo comenzó a crecer y el número de los adeptos aumentó. Esto enfureció a los sacerdotes que usaron toda su astucia para detener la corriente del ya poderoso torrente de vida. Instigaron a la cruel multitud ignorante a saquear, confiscar y matar a todos los seguidores del Báb. Cada día iban a una casa, tan enfurecidos que podían romper las puertas y ventanas, destruir el edificio y desvalijar y saquear el contenido. Por la noche uno podía encontrar los cuerpos de los muertos en las calles y callejones e incluso dispersos en los cerros y planicies cercanas. Esto continuó y la casa de Ahmad no fue la excepción. Ahmad tuvo que esconderse en una torre durante cuarenta días y los amigos solían llevarle comida y provisiones.


Viaje a la Morada de Paz

Experimentando una vida insoportable en Kashan y oyendo que Bagdad se había convertido en un punto de atracción, se decidió a ir allí.

“Y Dios os llama a la Morada de la Paz (Bagdad) y Él dirige a quien Él quiere en el camino correcto”.

En la oscuridad de la noche, Ahmad salió de su escondite y trepó los muros de la ciudad rumbo a Bagdad. Viajó a pie, lleno de amor, entusiasmo y ganas de contemplar el rostro de Aquel a Quien Dios hará manifiesto. Mientras caminaba se encontró con otro hombre que viajaba en la misma dirección. Temeroso de ser abusado aún más, Ahmad intentó ignorar al extraño sin pronunciar una palabra, pero el hombre insistió en caminar a su lado. Teniendo mucho cuidado de siquiera aludir a la fe o el propósito de su viaje, Ahmad y su compañero de viaje llegaron a su destino. A su llegada a Bagdad se separaron y Ahmad inmediatamente salió en busca de la casa de Bahá’u’lláh. Cuando encontró la casa y entró en ella, descubrió, para su asombro, que su compañero también estaba allí. Entonces comprendió que su amigo también era un bábí y había estado en camino para alcanzar la presencia de la Bendita Belleza.


Ahmad en la presencia de Bahá’u’lláh

Fue una experiencia impresionante para un hombre como Ahmad, que durante toda su vida había estado buscando este inmenso Manantial espiritual. Cuando por primera vez miró el rostro juvenil de Bahá’u’lláh – un rostro lleno de encanto, frescura de color y penetrantes poderes se sintió abrumado. Volvió en sí sólo gracias al comentario jovial de la Antigua Belleza, “¡se hizo bábí y luego se escondió en una torre!”.

Bahá’u’lláh le permitió permanecer en Bagdad y tener su residencia muy cerca de la Casa. Ahmad inmediatamente instaló su pequeño aparato de elaboración de telas y fue el hombre más feliz del mundo. ¿Qué más puede uno desear? Vivir en el tiempo de la Manifestación Suprema de Dios, adorarle, ser amado por Él y estar tan cerca de Él en cuerpo y alma, e incluso en casa.

Cuando una vez le preguntaron sobre los acontecimientos de los años que pasó tan cerca de Bahá’u’lláh, con lágrimas en los ojos dijo: “Qué innumerables, qué grandes y qué inmensamente poderosos fueron los acontecimientos de aquellos años. Nuestras noches estaban llenas de memorables episodios. Alegres y a veces tristes fueron nuestras experiencias, sin embargo, más allá del poder de descripción de cualquiera. Por ejemplo, un día mientras la Bendita Belleza estaba caminando, cierto oficial del gobierno se le acercó e informó que uno de sus seguidores había sido asesinado y su cuerpo tirado a la orilla del río. La Lengua del Fuerza y Poder respondió: ‘Nadie lo ha matado. A través de setenta mil velos de luz le mostramos la gloria de Dios en una medida menor al ojo de una aguja; por ello, no pudo soportar más la carga de su vida y se ha ofrecido asimismo como un sacrificio’”.

Cuando el decreto del Califa fue transmitido a Bahá’u’lláh y tuvo que salir de Bagdad hacia Estambul, partió de la ciudad en el trigésimo segundo día después de Naw-Rúz hacia el Jardín del Ridván. Ese mismo día el río se desbordó y sólo en el noveno día fue posible para su familia unirse a Él en el Jardín. El río se desbordó luego por segunda vez, y en el duodécimo día se calmó y todos se acercaron a Él. Ahmad pidió a Bahá’u’lláh estar entre sus compañeros de exilio, pero Bahá’u’lláh no accedió a esta petición. Él escogió a algunas personas e instruyó a los demás a permanecer para enseñar y proteger la Causa haciendo hincapié en que esto sería mejor para la Fe de Dios. En el momento de su partida, los que se quedaron formaron una fila y todos estaban tan abrumados por el dolor que se echaron a llorar. Bahá’u’lláh de nuevo se acercó a ellos y los consoló diciendo: “Es mejor para la Causa. Algunas de estas personas que me acompañan son susceptibles de hacer daño, por lo cual los estoy llevando Conmigo”. Uno de los amigos apenas pudo controlar su angustia y dolor. Se dirigió a la multitud recitando este poema de Sa’dí:

“Lloremos todos como las nubes en estación primaveral. El día en que los amantes se separan de su amado, incluso se pueden oír los lamentos de las piedras”.

Bahá’u’lláh dijo entonces: “En verdad esto fue dicho por este día”. Luego montó en su caballo y uno de los amigos colocó una bolsa de monedas delante de la montura y Bahá’u’lláh comenzó a repartirlas a los pobres que estaban cerca lamentándose. Cuando corrieron hacia Él y se empujaron unos a otros, metió la mano en la bolsa y vertió todas las monedas diciendo: “¡Cójanlas ustedes mismos!”.

Ahmad vio a su Amado desaparecer ante su vista hacia un destino desconocido. Poco sabía que aquello era como la salida del sol dirigiéndose hacia el cenit de la fuerza y poder. Triste de corazón y angustiado por completo en alma, regresó a Bagdad, ciudad que percibía carente de atractivo. Trató de hacerse feliz reuniendo a los amigos y animándolos a dispersarse para enseñar la fe que acababa de ser declarada. Aunque servía activamente a la Causa, no era feliz. Todo lo que podía mantenerlo feliz era la cercanía a su Amado.


La Tabla es revelada

Después de unos años, una vez más dejó su casa y trabajo, y se puso en marcha hacia Adrianópolis, la ciudad de su amor y deseo.

Cuando llegó a Estambul recibió una Tabla de Bahá’u’lláh, ahora bien conocida como “La Tabla de Ahmad”. Ahmad describe la recepción de esta Tabla de la siguiente manera: “Recibí la Tabla de ‘El Ruiseñor del Paraíso’ y la leí una y otra vez, descubrí que mi Amado deseaba que salga y enseñe Su Causa. Por lo tanto yo prefiero obedecerlo que ir a visitarlo”.

Se le encargó especialmente que viaje a través de Persia, encuentre a las antiguas familias bábís y les transmita el nuevo mensaje del Señor. De ahí tal gloriosa referencia al Báb en esta Tabla. La tarea era ardua más allá de toda descripción y por tanto encontramos exhortaciones como: “Sé como una llama de fuego para mis enemigos y un río de vida eterna para mis amados y no seas de los que dudan”. El camino a seguir por él estaría lleno de sangre, espinas y dificultades para soportar, pero seguido de emotivas promesas de victoria como “Y si te sobreviniese aflicción en mi sendero o degradación por mi causa, no te preocupes por ello”.

Con este amuleto divino en su poder - un pequeño trozo de papel [cuyo contenido] había “sido investido por Bahá’u’lláh con una potencia y significado especiales”, y vestido con prendas sencillas de mendigo, Ahmad regresó a Persia. Entró en el país por la región donde el Báb había sido encarcelado y martirizado, y cruzó esta región semejante a brisa de vida. Muchos de los bábís pudieron reconocer al sol que en ese entonces brillaba desde Adrianópolis, e incluso muchos de los musulmanes abrazaron la Fe de todo corazón.


“Nuncio de la cercanía de Dios”

Ahmad se convirtió en la personificación de su propia Tabla. Tal persistencia, espíritu indomable, tenacidad y constancia como la suya apenas puede encontrarse en los anales de la Causa. Cuando encontraba un contacto [persona receptiva], aunque sufriera aflicciones y degradaciones, volvía una y otra vez para terminar de enseñar si algo había quedado inconcluso.

Por ejemplo, mientras viajaba a lo largo de la provincia de Khurasan visitó la casa de una familia bábí muy conocida cuyo jefe era nada menos que Furughi - uno de los sobrevivientes de la revuelta de Tabarsí. Ahmad entró e inició poco a poco el tema y, en términos muy francos, enérgicos y enfáticos, explicó que Aquel a Quien Dios iba a ser manifiesto no era otro que Bahá’u’lláh, cuya luz brillaba entonces desde el horizonte de la “Remota Prisión” - Adrianópolis.

Furughi, que había luchado tan audazmente en Tabarsí, comenzó una pelea aquí también. La discusión se hizo más intensa a medida que pasaban las horas. Se enojó mucho, atacó Ahmad, rompiendo uno de sus dientes y lo arrojó fuera de la casa.

Ahmad quedó con el corazón roto, pero impertérrito, regresó más tarde, llamó a la puerta y le dijo que no se iría hasta que el tema fuera ampliamente discutido y llegara a algunas conclusiones definitivas.

Hay que tener en cuenta que los bábís estaban en gran peligro, de tal manera que incluso si un trozo de papel con los versos del Báb fuera encontrado en cualquier casa era suficiente para que sea demolida y sus habitantes fueran enviados a la cárcel o incluso fueran martirizados.

Por lo tanto, muchos de los amigos escondían sus libros y escritos en las paredes de sus casas. Cuando Ahmad fue a la casa de Furughi por segunda vez para reanudar la discusión, dijo enfáticamente que el Más Grande Nombre BAHA había sido mencionado muy a menudo por el Báb en todos sus escritos. Furughi cuestionó la veracidad de esta declaración. Para demostrarle a Ahmad que estaba equivocado, derribó una parte de la pared y sacó un paquete que contenía los Escritos del Báb, prometió no decir una palabra en contra de los textos explícitos. Ahmad contó luego, “El primero de todos los que abrimos hacía referencia al nombre de Bahá”. Según lo prometido, Furughi y todos los miembros de su familia aceptaron la Fe de Bahá’u’lláh y se convirtieron en muy destacados y celosos defensores de su protección y propagación.


“Una llama de fuego”

Después de cruzar todas las tierras de Khurasan, Ahmad decidió ir una vez más a Bagdad para transmitir el mensaje de amor y saludos en nombre de Bahá’u’lláh a todos los amigos de aquella muy importante ciudad, pero por desgracia en el camino cayó nuevamente enfermo y no pudo llegar a Bagdad. Además, en Teherán, algunos de los teólogos de Kashan lo reconocieron y presentaron denuncias en su contra ante la corte del Rey, quien estaba siempre dispuesto a infligir castigos a los seguidores de la nueva fe. Por consiguiente fue arrestado y entregado a manos de cierto oficial joven que recibió la orden de investigar el caso y, de estar seguro de que su víctima había ido por mal camino, darle muerte inmediatamente.

El joven oficial no quiso faltar el respeto a Ahmad y por tanto insistió en que debía retractarse de su Fe. Ahmad comentó: “En ese momento yo estaba en la cúspide de mi fe y entusiasmo, y ni por un instante incluso pensé en retractarme”. Siempre dispuesto a dar su vida en el camino de la Causa sirviéndola con gran auto-sacrificio, insistió en que él no era un bábí, sino un bahá’í, un seguidor de la Manifestación Suprema. Fue detenido y en prisión se enteró de la repentina y grave enfermedad de la esposa del oficial. En momento de gran susto y extrema angustia, el oficial se acercó a Ahmad y le dijo: “Si mi esposa se recupera, voy a dejarlo libre”, y luego de tres días el joven, haciendo caso omiso de las graves consecuencias para sí mismo, llevó Ahmad a la puerta de Teherán y lo dejó en libertad.


“Un río de vida eterna”

Liberado como un pájaro, fue por primera vez a los pueblos donde habitaban unos bábís tamizadores de trigo. Lo recibieron con el mayor amor y cortesía. Le ofrecieron hospitalidad y él los guió por el buen camino de Dios, y con gran regocijo Ahmad los dejó y se fue a la provincia de Fars, cuya capital es Shiraz.

Vivió en esta provincia durante un cuarto de siglo. Se convirtió en compañero inseparable de los perjudicados y afligidos. Los consoló en tiempos de persecución y les dio esperanza y visión de horizontes cada vez más amplios de victorias y triunfos.

Fue a través de los antiguos habitantes de este distrito de Persia que este humilde servidor, el escritor, vino a escuchar los ecos lejanos de la vida un derviche glorioso entre los habitantes del pueblo y que había sido para ellos un ángel de protección, guía y misericordia. Esos rumores me pusieron a buscarlo y luego me enteré de que este adorable individuo era nuestro precioso Ahmad - un nombre que ahora se menciona en todo el mundo con tanto amor y devoción.

Ahmad recibió a muchos de los maestros viajeros que pasaron por esta parte de Persia y festejó con ellos en su humilde morada, mencionando a Dios, su Fe y relatando la experiencia de los muchos maestros que habían estado vivificando muchas almas en aquellos días.

Uno de los incidentes más conmovedores relatados por él mismo fue el siguiente: “Un día, un hombre apenas vestido y casi descalzo llegó a la puerta de mi casa. Estaba completamente exhausto y agotado. Sus ropas estaban rígidas y de color marrón con una mezcla de polvo y sudor. Aconteció que era Haji Mirza Haydar ‘Alí. Inmediatamente le ayudé a quitarse la ropa. Lave sus ropas y las extendí al sol para que se sequen mientras él descansaba, esperando a los amigos que vengan para una reunión”.


“Firme en mi amor”

Los años pasaron llenos de días memorables, pero cuando las olas de persecución se extendieron por toda Persia, los amigos, por amor y admiración hacia Ahmad, trataron de protegerlo contra los ataques mortales [de los enemigos] y luego de largas consultas se le sugirió que inmediatamente deje esa desamparada y abandonada esquina del país por un centro más poblado. Dondequiera que iba Ahmad, los amigos le sugerían lo mismo. Era tan conocido a lo largo y ancho del país que su sola presencia podría causar agitación entre los musulmanes fanáticos cuyas primeras flechas estarían dirigidas hacia Ahmad. Después de cambiar muchos lugares de residencia en varias ocasiones se estableció en Teherán. Nunca vaciló ni fue nada más que una “llama de fuego” y “un río de vida eterna”. Después de haber vivido un siglo, siempre gozando de buena salud, pasó a encontrarse con su Amado en 1905 en Teherán.

En cuanto a la familia de Ahmad, tuvo dos hijos: un hijo llamado Mirza Muhammad y una hija llamada Khanum Guhar. Cuando la casa de Ahmad fue confiscada, Mirza Muhammad, su esposa e hijos salieron de la ciudad de Kashan hacia Teherán. Él, su esposa y su pequeña hija murieron de camino a Teherán. Las huellas de sus tumbas – si existieron - se han perdido para siempre.

Sólo sobrevivió su hijo Jamal de cinco años. Los arrieros que solían llevar comida desde las provincias hacia Teherán, sin saber que Jamál era un hijo de Bábís, se apiadaron del niño abandonado y lo colocaron en una de sus cargas llevándolo a Teherán. En esa gran capital, el pobre niño se quedó solo y nadie le contó de su ascendencia gloriosa o de la Fe, en cuyo camino, su familia había soportado tantas aflicciones y sufrimientos indecibles. Se quedó en esta condición hasta que su tía Khanum Guhar llegó a Teherán. Cuando Ahmad llegó a la capital, llegó a conocer a su nieto a quien quería mucho. Él lo tomó bajo las alas de amor y protección y Jamal llegó a ser un excelente Bahá’í. Sus características más sobresalientes fueron su determinación de hierro y su energía infatigable. Nada podía desviar a este hombre del camino recto de Dios, aunque para él dicho camino siempre le había sido estrecho, plagado de espinas, situaciones difíciles, sangre y múltiples calamidades. Hacia el final de su vida, Ahmad confió la Tabla original a Jamál, quien a su vez, de la pureza de su corazón y devoción a la Fe de Dios, la ofreció como regalo a la Mano de la Causa, el Fideicomiso del Huqúq, hijo y hermano de dos mártires ilustres, Jináb-i-Valiyu’lláh Varqá. Cuando Jináb-i-Varqá, de acuerdo con las instrucciones del amado Guardián, asistió a la ceremonia de inauguración del Templo en Wilmette durante la Conferencia Intercontinental del año nueve (1953), trajo esta muy apreciada Tabla como ofrenda a los archivos de los Bahá’ís de los Estados Unidos. Ahora los queridos amigos de ese país son los depositarios de esta gran dádiva de Dios para la humanidad.


Referencias
  1. Una carta escrita sobre el mismo tema por Jinab Eshragh Khawari a pedido de la Sra. Amelia Collins en 1958.
  2. Manuscritos enviados al autor por Mirza Faz’lullah Shahidi de Khurasan.
  3. Investigaciones personales de los Djamalis, descendientes del inmortal Ahmad en Irán.
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